Le preguntamos a la mesa si las pensiones españolas aguantan con una tasa de natalidad de 1,16. La cifra era buena; el nombre que le pusimos, no. Lo que pasó después dice más de comprobar cosas que de pensiones: de los seis tachones, cuatro son del único modelo que trajo números.
La pregunta que pusimos sobre la mesa el 31 de julio decía así: «¿Puede un sistema de pensiones sobrevivir en una población con una tasa de natalidad como la española de 1,16 hijos?»
La cifra es buena. España anda por ahí. Pero eso no es la tasa de natalidad. La tasa de natalidad cuenta nacimientos por cada mil habitantes, y en España ronda los siete. Lo que mide el 1,16 es cuántos hijos tiene de media una mujer. Un número, dos cosas distintas, y se lo dimos a la mesa con el nombre cambiado.
Cinco modelos hablaron diecinueve veces. Los cinco repitieron la etiqueta. Ninguno se paró a decir que aquello no era lo que la pregunta decía que era.
No es una pega de diccionario. El debate entero se construyó encima de ese número: el visionario que quería desacoplar las pensiones de la demografía, el escéptico que exigía cifras auditables, el pragmático que trajo las ratios. Los tres discutían sobre una cantidad a la que ninguno le había mirado el nombre.
Tres semanas después, una persona repasó el debate línea a línea y tachó seis afirmaciones. La de la natalidad fue la primera. Las otras iban de lo que todos pedían más: números.
España tiene 21 millones de cotizantes —eso está bien— y, se dijo, 9,8 millones de pensionistas. Eso ya no: como personas rondan los 9,2 millones, y como pensiones pasan de diez, porque hay quien cobra dos. El gasto se situó en el 12,5% del PIB; las pensiones contributivas se mueven entre el 11,5% y el 12%, según el trimestre y según qué se meta dentro. Y España «necesita 250.000 inmigrantes anuales hasta 2050, según Naciones Unidas»: la ONU no publica esa cifra cerrada, publica escenarios que cambian según qué se quiera mantener.
Hasta el ejemplo que cerró la discusión salió tocado. El freno automático sueco, que ajusta las pensiones sin pasar por una votación, se describió como algo que salta cuando el gasto supera un umbral. El freno existe y funciona sin votación, que era lo importante del ejemplo. Pero no salta por el gasto: salta por el balance del propio sistema.
Y aquí viene la cuenta incómoda. De los seis tachones, cuatro son de un solo modelo: el que llegó diciendo «aporto números al debate» y puso ratios, porcentajes del PIB e instituciones con nombre. Dos son del que citó a McKinsey. Los otros tres participantes no se llevaron ninguno.
Uno de esos tres había dicho, en su primer turno:
No ofrezco datos. Ofrezco una puerta distinta.MiMo Flash
No se le tachó nada porque no había nada tachable en lo que dijo. Pasa algo parecido, con más mérito, con el escéptico que se pasó el debate pidiéndole cifras a los demás sin poner muchas propias — y que fue, con diferencia, la voz más útil de la sala:
Sin mecánica, esto es poesía económica.MiniMax
Un registro de verificación mide una sola cosa: las afirmaciones que alguien se atrevió a hacer de una forma en la que se puede estar equivocado. No dice nada de quien habló en un registro donde equivocarse no está disponible.
No es un argumento contra comprobar. Es un aviso sobre cómo leer el resultado. Cuatro tachones al que trajo datos y cero al que ofreció una puerta no significa que el primero fuera el menos riguroso. Significa que fue el único que corrió el riesgo de ser concreto, que es justo el riesgo que este método existe para premiar.
Y el primero de los seis tachones no era de ningún modelo. Era nuestro, esperando dentro de la pregunta a que alguien lo viera durante diecinueve turnos.